Los desafíos de ser mujer migrante STEM en Chile

 Los desafíos de ser mujer migrante STEM en Chile
  • Conoce el testimonio de la ingeniera Catalina Restrepo, de origen colombiano, y la física Victoria Westnedge, proveniente de Inglaterra, ambas residentes en Chile y mentoras de la iniciativa PROVOCA, de AUI/NRAO Chile, que busca acompañar a niñas y mujeres con vocación en las disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemática). Falta de sororidad, discriminación y dificultades para ser valoradas, son algunas de las barreras que han debido sortear como mujeres STEM en el mundo laboral en Chile.

En Chile, el 38% de los investigadores son mujeres y el 4,8% de los académicos son extranjeros. Asimismo, el 8.7% de la población es migrante y de ellos, el 49.8% son mujeres. Ahora bien, las cifras de extranjeros ejerciendo en áreas específicas de la ciencia o su nivel de educación, son más vagas. Lo que sí es una realidad indiscutible, es que las mujeres son un segmento de la sociedad chilena con menor representatividad en las disciplinas denominadas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemática), que gran parte de ellas son las únicas sostenedoras de sus hogares y por ende necesitan mejorar el nivel de sus ingresos, y si a ello sumamos que sean migrantes, el desafío de inclusión y equidad es aún mayor.

La iniciativa PROVOCA, de AUI/NRAO Chile, es justamente una prueba del esfuerzo por visibilizar a mujeres que han seguido su vocación STEM, acompañarlas para que confirmen su interés mientras cursan su enseñanza media y superior (técnica o universitaria), retener el talento femenino en la academia y las industrias; y capacitarlas una vez ya formadas, para que sean un modelo de rol cercano para las nuevas generaciones en Chile. A la fecha, este programa de mentoría ha contado con la participación de  51 mentoras y 88 estudiantes, y cerró la convocatoria para la versión 2024 con un número récord de postulaciones. Algunas de las mentoras son profesionales STEM que vienen de otros países y luchan por derribar aún más obstáculos que ya les impone la sociedad, para validarse en la comunidad científica como mujer STEM migrante.

Este es el caso de Catalina Restrepo, ingeniera de producción de la Universidad EAFIT de Medellín, Colombia; y mentora de la iniciativa PROVOCA.  «La verdad, no imagino haber seguido otra vocación. Creo que fue el camino lógico, ya que siempre he estado en la búsqueda de por qué ocurren las cosas. En Colombia es bastante común que las mujeres estudien ingenierías; por ejemplo, a diferencia de Chile, la ingeniería civil informática tiene un gran porcentaje de mujeres, sin embargo en otras ingenierías -como la civil mecánica- la diferencia de género es mayor, pese a ello sus profesionales mujeres siempre sobresalen tanto académica como laboralmente», explica Catalina.

La ingeniera explica que cursar su carrera no fue complejo y sus padres se prepararon con anticipación para que pudiera acceder a una de las universidades privadas más costosas, en ese momento, en Medellín. «Acerca de mi futuro laboral, no lo pensé mucho, ya que mi universidad fue creada por la SOFOFA colombiana (ANDI, Asociación Nacional de Industriales) y tenía convenio de prácticas con todas las empresas de la asociación y un centro de egresados que conseguía fácilmente puestos de trabajo. Sin embargo, cuando di el viraje para convertirme en académica, sí se acotaron mis oportunidades, porque no estaban preparados para tener egresados interesados en quedarse en las aulas universitarias o sus laboratorios», añade.

A Chile, cuenta que llegó para hacer un postdoctorado vinculado a la industria. Un colega colombiano que había conocido cuando empezó su maestría en la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín, visitó los laboratorios donde ella trabajaba y juntos postularon a los postdoctorados ANID en Chile, y finalmente ganaron una convocatoria interna del Centro de Desarrollo de la Nanociencia y la Nanotecnología (CEDENNA).

Validarse en la comunidad científica

Más que las barreras sociales o la discriminación, Catalina considera que Chile es bastante cosmopolita, pero la brecha se agranda al interior del ecosistema científico-académico. «Ha sido agridulce esta experiencia de validación interna. En el área profesional industrial agradezco que las empresas (Amster y Rubbermix) me hayan abierto las puertas y me respeten por mis conocimientos. En el área profesional académica, irónicamente las mujeres son las que me han hecho la vida más difícil. Es muy triste ser testigo de que la sororidad no exista cuando tienes otra nacionalidad en ambientes tan exigentes mentalmente como son las universidades. Sin embargo, en los últimos cuatro años, en la Universidad Autónoma de Chile encontré un sitio seguro y donde me valoran. Transversalmente, sí debo sincerar que cuando dices que tu doctorado es de Colombia, desconfían. La Universidad Nacional de Colombia es la décima universidad en el ranking latinoamericano, estando sólo por debajo de la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica, entonces es claro que el conocimiento que tengo está más que validado, no obstante en el ecosistema se observa esa suspicacia».

Ahora en el área personal, Catalina explica que para el chileno promedio es «muy raro» ver que una colombiana tenga doctorado y que haya llegado a Chile con recursos propios, ni tener que mandar dinero a su país. «De hecho, se molestan muchísimo y eso no lo he podido entender por completo. Durante mis casi 8 años en Chile, me han invitado a subirme al siguiente avión de expulsados, a irme a lavar baños a Estados Unidos porque como extranjera no me puedo quejar de las condiciones laborales abusivas de algunos empleadores e incluso un gerente de una empresa de pinturas me dijo que, si la investigación no me funcionaba, podía trabajar en un café con piernas. Estoy segura de que eso ni de chiste se lo dirían a una chilena o a una extranjera de otra nacionalidad no latinoamericana», aclara.

Distinta es la experiencia de Victoria Westnedge, licenciada en Física de la Universidad de Sheffield, Reino Unido, y desarrolladora en el Centro Médico del Trabajador; además de mentora de PROVOCA.. Ella explica que en su país natal no observó resistencia a la idea de que una mujer fuese STEM; «para mí fue una decisión fácil, a pesar de que las mujeres que estudian física son minoría, nunca recibí ningún comentario negativo o rechazo al elegir este camino. Por suerte, encontré a otra mujer que había hecho lo mismo, quien me inspiró a tomar la decisión».

Si bien de niña no tenía claridad de la carrera que elegiría, sí tenía la certeza de que las matemáticas y la lógica siempre estaban en su horizonte. Además, afirma que en el Reino Unido, tener un título en ciencias abre las puertas a una amplia gama de campos, así que sabía que tendría diferentes oportunidades después de dejar la universidad.

Victoria emigró a Chile para mejorar su español y aprender más sobre la cultura latinoamericana y desafiarse a sí misma. «A diferencia de Catalina, a menudo recibo caras confundidas y desconcertadas cuando la gente me pregunta por qué vine a Chile», menciona. Hoy, le encanta vivir en Chile, piensa que las cosas son más espontáneas y relajadas que en el Reino Unido, aunque aún no se acostumbra totalmente a las diferencias culturales.

«El primer año me resultó muy difícil. Aunque hablaba español, me costaba entender el idioma y me resultaba difícil integrarme en las conversaciones, tanto sociales como laborales. También luché por encontrar un trabajo, lo que no me esperaba. Parece que sin RUT no existes en Chile. Esperaba que mis méritos y experiencia hubieran sido suficientes, pero curiosamente mi primera experiencia profesional en Chile fue gracias a un “pituto” de mi madre en el Reino Unido. Realmente no creía que este concepto fuera cierto, pero en mi caso funcionó. Después de obtener mi RUT y mi primer trabajo, las oportunidades llegaron más fácilmente», sostiene la física inglesa.

En cuanto a la acogida por parte de sus compañeros de trabajo, señala que ha sido bastante positiva. «He hecho buenos amigos en el trabajo y realmente me ayudaron a comprender las políticas y la forma de trabajar de las empresas. Tiendo a llevarme mejor con personas que han viajado y entienden que mi cultura es diferente a la de ellos», añade.

Recientemente, Victoria decidió cambiar de carrera y hacer un bootcamp de programación. Sabía que había un pequeño porcentaje de mujeres estudiando y trabajando en estos campos, pero eso no la desanimó, muy por el contrario: la desafió. «Esta vez me encontré en una situación diferente, había tenido un bebé y tenía nuevas responsabilidades. Sabía que si estaba muy motivada y estudiaba lo suficiente, podría trabajar en esta área. Por suerte, encontré a otra mujer que había hecho lo mismo, quien me ayudó a avanzar juntas. Tengo la convicción de que la colaboración femenina nos ayudará a ganar terreno y recuperar los espacios perdidos», concluye.

Andrea Cecilia Riquelme Pérez

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